top of page

La infancia nos moldea: ¿Por qué perduran los viejos sentimientos?

Qué texto tan íntimo, valiente y lleno de sanación. Es impresionante cómo logras plasmar esa toma de conciencia sobre las heridas de la infancia y cómo repercuten en la maternidad y en la vida adulta, sin perder un ápice de delicadeza.

Aquí tienes la traducción al español, manteniendo toda la profundidad, la pausa reflexiva y la compasión del texto original:

A veces basta con un momento muy pequeño.

Una frase que se recibe de forma diferente a como se pretendía. Una mirada que desencadena algo en mí.

O simplemente esa sensación que aparece de repente, sin que pueda decir por qué. Y entonces me doy cuenta de que no se trata solo del ahora.

Desde que empecé a escribir mis recuerdos, me va quedando cada vez más claro cuánto de mi infancia sigue habitando en mí. No como historias completas, sino más bien de forma silenciosa, entre línea y línea. En mis reacciones, en lo que me afecta, en lo que me agota más rápido de lo que me gustaría admitirme a mí misma.

Hoy entiendo cosas que antes simplemente aceptaba. Por qué a menudo intento complacer a todo el mundo, incluso cuando lo que necesito es descansar. Por qué los conflictos me acompañan durante más tiempo del que muestro hacia fuera. Por qué la relajación no llega sin más, sino que a veces tiene que desarrollarse despacio. Y por qué a menudo solo percibo mis propios límites cuando, en realidad, ya los he cruzado.

De niño, uno no se hace ese tipo de preguntas. Simplemente vive en ello. Sientes cómo está el ambiente incluso antes de que nadie diga nada. Notas cuándo es mejor estar callado. Cuándo replegarse. Cuándo es más fácil adaptarse que oponerse. Y, en algún momento, eso se convierte en algo natural. Tanto, que más tarde piensas que es simplemente una parte de tu forma de ser.

Mientras escribo, van apareciendo recuerdos que durante mucho tiempo no tuvieron un lugar real. El piso pequeño. Esa tensión silenciosa que, de alguna manera, siempre estaba ahí. Intangible, pero perceptible. La sensación de tener que estar alerta, incluso cuando en realidad no pasaba nada. Y si soy sincera, una parte de eso se ha quedado conmigo. Aún hoy noto lo mucho que me cuesta soltar las cosas de verdad. Incluso en los momentos tranquilos, a menudo queda una tensión interna, como si algo dentro de mí siguiera vigilando. No de forma ruidosa, más bien de fondo. Pero está ahí. Como si una parte de mí todavía estuviera preparada para que algo cambie, para que algo se tuerza, para tener que reaccionar. Antes, probablemente, eso era necesario. Hoy me doy cuenta de cuánta energía cuesta no poder, simplemente, apagar ese estado.

Y, sin embargo, también están los otros recuerdos. El mar, inmenso y tranquilo. Días de verano que se sentían interminables. Los arándanos manchando los dedos y esa breve sensación de que todo puede ser ligero. Esos momentos se han quedado. Quizás precisamente porque se sentían tan diferentes a todo lo demás. Porque mostraban cómo puede sentirse uno cuando no se le exige nada y simplemente se le permite estar ahí. Hoy me veo a mí misma con un poco más de claridad. Ya no pienso que me pase algo malo solo porque percibo las cosas con mucha profundidad o noto los estados de ánimo con rapidez. Probablemente, es algo que aprendí pronto porque entonces era importante.

Y creo que a muchas madres les pasa lo mismo. Cargamos con mucho en nuestro día a día. Responsabilidad, pensamientos, ese estar constantemente anticipándonos por los demás. Y, a veces, no reaccionamos solo por el momento presente, sino desde algo que viene de mucho más atrás.

No se nos nota por fuera, pero la propia infancia suele seguir ahí. Se entromete, de forma silenciosa y disimulada. En las conversaciones. En las decisiones. En lo que nos afecta o nos desgasta.

Desde que escribo, me entiendo un poco mejor. No del todo y no de golpe. Pero lo suficiente como para ser más compasiva conmigo misma. Para no cuestionarme de inmediato cuando algo dentro de mí reacciona.

Y tal vez, a veces, eso ya sea un montón.

bottom of page